Compañer@s, comparto con ustedes la interesante nota escrita por el Ministro de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, Ing. Julio De Vido, en Tiempo Argentino, el lunes 30 de enero
Durante los últimos ocho años libramos una dura
batalla contra aquellos que por intereses políticos o sectoriales
apostaban por el colapso energético de la Argentina, en un contexto de
caída de reservas. Esa etapa fue superada, producto no de la casualidad
sino de la firme presión del Estado de obligar a las empresas a
invertir, lo que derivó en grandes descubrimientos de hidrocarburos no
convencionales.
Muchos de los detractores de nuestra
política energética son en realidad voceros de un “relato”, funcional a
inconfesables intereses aliados a los poderes económicos, en el que
pareciera que hubo un tiempo de esplendor en que la Argentina tenía
autoabastecimiento energético y además exportaba hidrocarburos. Varios
de ellos suelen aparecer en las páginas de los medios hegemónicos, con
planteos que buscan retrotraer el proceso iniciado en mayo de 2003,
porque no son más que propaladores de un modelo que sólo busca maximizar
rentabilidades de grandes compañías petroleras, sin reparar en las
consecuencias de esas políticas.
En primer lugar, es bueno recordar
que la Argentina sólo tuvo autoabastecimiento energético en la década
del ’90 (además de un período fugaz después de que Frondizi firmara los
contratos petroleros luego anulados), principalmente por contar con
tarifas dolarizadas y en un contexto de fuerte caída de la actividad
económica, producto de las políticas neoliberales, que hizo que grandes
volúmenes de energía resultaran ociosos para las necesidades energéticas
nacionales.
En ese sentido, el superávit energético de esa década,
que tanto suelen destacar también algunos ex funcionarios, era
consecuencia de las fábricas que todos los días cerraban sus puertas,
dejando de utilizar energía, y no de aciertos en las políticas
implementadas. Uno de los resultados fueron las exportaciones de gas a
Chile, para lo que se tendieron varios gasoductos, a través de los
cuales nuestro gas era vendido a dos dólares el millón de BTU en la
frontera, mientras en la capital trasandina se pagaban hasta 30 dólares.
O sea, el superávit energético fue un gran negocio para los que
exportaban gas, pero una pésima transacción para los argentinos, que
entregaban un recurso no renovable a precio vil, sin percibir ninguno de
los beneficios de esa balanza energética favorable, que algunos tantos
añoran.
El verdadero rostro de ese modelo económico, que aparece
solapado en el “relato”, con superávit energético, tarifas dolarizadas y
altas (las naftas llegaron a ser las más caras del mundo), emergió con
toda fuerza con el colapso de 2001 y el fin de la Convertibilidad: más
de la mitad de los argentinos en situación de pobreza y una desocupación
que trepó al 24 por ciento.
Cuando asumimos en 2003, nos propusimos
poner en marcha un modelo que revirtiera los efectos sociales adversos
de las políticas que se habían implementado. Para ello, se decidió
devolverle a la industria condiciones favorables para su desarrollo a
partir de tarifas competitivas y subsidiadas, lo mismo que para el resto
de la población.
Los resultados están a la vista, no sólo se logró
bajar fuertemente la pobreza y reducir el desempleo a un dígito, algo
impensado en las épocas de balanza energética superavitaria, sino que
también se inició un proceso de diversificación productiva que permitió
comenzar a exportar productos de mayor valor agregado.
Si en las
condiciones de emergencia económica y social en que asumimos hubiéramos
mantenido las tarifas dolarizadas, probablemente hoy tendríamos el
autoabastecimiento energético que tanto preocupa a algunos, pero a costa
de seguir con altas tasas de desempleo y con millones de argentinos
excluidos del sistema y con petroleras que hubieran obtenido mayores
ganancias aún. También habríamos renunciado a establecer de manera
soberana las políticas que resulten más convenientes para nuestro país.
Más
allá de las condiciones objetivas en que iniciamos este modelo, no
puede desconocerse que encaramos el plan energético más ambicioso de los
últimos 50 años, que permitió finalizar dos obras que habían quedado
asociadas al fracaso y la frustración: Atucha II y Yacyretá.
Asimismo,
logramos incrementar en más de un 40% la generación de energía
eléctrica, interconectamos toda la Argentina con redes de alta tensión y
ampliamos fuertemente la capacidad de transporte de nuestros
gasoductos. Ahora estamos poniendo en marcha una nueva etapa del plan
nuclear, con la extensión de la vida de Embalse, la licitación de la
cuarta central y el inicio de la construcción del reactor CAREM con
tecnología completamente nacional.
En consecuencia, nuestra gran
diferencia con esos opinadores es que nuestro relato no sólo es
mostrable, sino que fue ratificado en las elecciones por el 54% de los
argentinos, mientras que lo que esos voceros defienden sólo remite a los
peores momentos de la historia de nuestro país.
Durante los últimos
ocho años, libramos una dura batalla contra aquellos que por intereses
políticos o sectoriales apostaban por el colapso energético de la
Argentina, en un contexto de caída de reservas. Esa etapa fue superada,
producto no de la casualidad sino de la firme presión del Estado de
obligar a las empresas a invertir, lo que derivó en grandes
descubrimientos de hidrocarburos no convencionales, cuya potencialidad
fue situada por el departamento de Energía de los Estados Unidos entre
los tres más importantes del mundo.
El gran desafío, y la nueva
batalla que está librando nuestra presidenta, es ponerlas en valor, al
servicio del desarrollo industrial nacional a precios competitivos, a
partir de la reinversión de las ganancias que esas compañías obtienen en
nuestro país. No sólo vamos a ser intransigentes con las empresas, sino
que vamos a adoptar las medidas que sean necesarias para dar
cumplimiento a los objetivos políticos trazados por la presidenta en su
último discurso. Los voceros de siempre parecen demasiado preocupados
por detalles institucionales anecdóticos, olvidando que la gran batalla
es cómo hacemos para convertir esas reservas en recursos tangibles para
todos los argentinos.
En ese contexto, ningún opinador ni columnista
pareció reparar en la trascendencia que tuvo la semana pasada la firma
de un documento por parte de las provincias de la Organización Federal
de Estados Productores de Hidrocarbuos (OFEPHI), en el que plantean
justamente que en el marco del cumplimiento de los contratos debe
ponerse a pleno la producción de hidrocarburos, en sintonía con los
expuesto por la presidenta el mismo día. Muchos lenguaraces deberían
recordar que las provincias son las dueñas de esos recursos y deben
llevar la voz cantante, junto con la Nación, para de una vez por todas
lograr que esos yacimientos, que en definitiva son de todos los
argentinos, tal como expresó la presidenta, nos permitan continuar y
profundizar este ciclo virtuoso de crecimiento económico con inclusión
social.

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